Por: Alfredo Varona

La frase, que encabeza este artículo, es de Manolo Martínez que hoy es un señor de 47 años y entonces era un chaval de 17 y que en este Campeonato Iberoamericano de 1992 se sintió como “un niño en el parque de atracciones

Nosotros también.

Es más, 30 años después, entiendo que nos sobraron los motivos.

A solo 15 días de los JJOO de Barcelona 92, en el Campeonato Iberoamericano de Sevilla, aparecieron nombres como los del jovencísimo Iván Pedroso (que llegó a saltar 8,53 metros), Javier Sotomayor (que hizo 2,30 en altura), Maritza Marten (que hizo el lanzamiento de disco de su vida con 70,68) o Niurka Montalvo (que ganó las finales de longitud y triple) lo que refleja el sobresaliente nivel de esta edición en el que la brasileña Carmen Souza de Oliveira también hizo una proeza. Ganó las carreras de 3.000 y 10.000 metros.

También fue una edición caracterizada por el inmenso calor en Sevilla, que entonces vivía la EXPO 92 y en la que la selección española rindió maravillosamente.

Logró 31 medallas (19 en hombres y 12 en mujeres) con triunfos tan meritorios como los de Paco Guerra en 10.000; Xavier Brunet en decatlón o Víctor Rojas, que venció a Ángel Fariñas en la final de 1.500 a los que habría que añadir los títulos de maratón logrados por Rodrigo Gavela y Ana Isabel Alonso meses antes en Barcelona.

Pero esta vez vamos a recordar aquel campeonato a través de dos nombres propios: los de Manolo Martínez y Estela Estévez, que fueron segundos en las finales de peso y de 1.500 respectivamente:  

“Descubrí que era mejor lanzar sin presión” (Manolo Martínez)

Hizo un calor que queríamos morir”, recuerda hoy Manuel Martínez, que fue segundo en lanzamiento de peso por detrás del chileno Gert Weil. “Era un gigante que tuvo el récord de Iberoamérica hasta que se lo quité yo”. Pero en aquel Campeonato del 92 Manolo era casi un niño.

Yo era muy joven e hice marca personal (17,49 metros) en mi segunda internacionalidad”, recuerda. “Me quedé, incluso, muy cerca de la mínima para los JJOO de Barcelona 92 que luego la conseguí en el Mundial junior de Seúl con 18.14 metros porque yo fui muy precoz. Mejoré muy rápido. Llamaba la atención con una bola de 7 kilos. Eran como crónicas marcianas en la España de aquellos años”.

Al verano siguiente, Manolo fue finalista en el Mundial de Stuttgart 93. “Me fue bien, sí. Pero es que yo tuve la suerte de empezar a los 13 años con el mejor de todos: Carlos Burón. Y, a decir verdad, él tuvo la suerte de encontrar un talento como yo en León, nada menos. Quién nos lo iba a decir”.

El caso es que, recordando el Iberoamericano de Sevilla, Manolo recuerda que “el calor era enorme y que un chaval como yo tuvo el primer contacto con lanzadores absolutos. En ese sentido jamás olvidaré a los cubanos. Ver como se metían un chupito de ron antes de competir. Recuerdo a Roberto Moya. Decía que era para activarse, para relajarse, una relajación activa. Para mí, fue la anécdota de ese Campeonato”.

Al margen de eso, Manolo recuerda que rindió bien. “Logré una medalla. Más no se me podía pedir. Era un niño de 17 años. Jugaba a mi favor el desconocimiento. Llegas de repente. Llega uno virgen y lo ve todo sin presión. Me sentí como el niño que va al parque de atracciones. No veía el miedo por ninguna parte. Disfruté de todo lo que vi. Fui a vivir una experiencia más que a recoger la nota de un examen y creo que eso me valió para toda la vida. Desde entonces, casi siempre entendí la competición como una forma más de aprovechar la vida”.

¿Y la medalla? ¿Dónde está la medalla? “No lo sé”, contesta. “No recuerdo. Mi familia y mi entrenador eran equilibrados en los éxitos ni fracasos. No hubo nunca grandes celebraciones. Eso lo agradecí. Todo era relativo. No se llevaba nada al extremo. No se te iba la cabeza”. 

Desde entonces, desde aquel año 92, Manolo empezó a viajar y no paró en 20 años. “En 2001 estuve en un mes en los cinco continentes. Y recuerdo que empecé lanzando 20.90 y acabé haciendo 21. En mi vida triunfan los buenos recuerdos. Siempre. Y el Iberoamericano de Sevilla fue uno más con Vicente Navarro, con José Luis Martínez…. Muy buena gente toda. Sí. ¡Pero como paso el tiempo!”

Ahora tiene 47 años. “Me retiré con 36. Soy entrenador de Sabina Asenjo. Vivo en León. Siempre viví en León, en realidad. Bueno, ahora vivo en la casa de mis abuelos en un pueblo: Villadangos del Paramo. Es un pueblo a 18 kilómetros de León ubicado en el Camino de Santiago en el que, como yo digo siempre, lo que no recordamos es lo único que no podemos contar. Volver 30 años atrás me ha exigido un ejercicio de memoria importante”.

“En el 10.000 en pista pusieron avituallamientos por el calor” (Estela Estévez)

Estela Estévez tenía 27 años en el Iberoamericano de Sevilla 92, un campeonato en el que fue segunda en 1.500 con 4’18”40 por detrás de la brasileña Soraya Vieira (4’18”03). “Me cuesta recordar esa carrera. La memoria es así”, explica hoy desde Vigo. “Pero, sobre todo, recuerdo el enorme calor que hacía”.

Es más”, añade, “no salíamos del hotel debido al calor que hacía y por ese motivo yo ni tan siquiera me acerqué a ver la EXPO. Tanto calor me daba miedo. Admito que no soy neutral porque yo venía de Vigo donde la temperatura es otra. Pero creo recordar que sólo salíamos para ir a entrenar y, en cuanto terminábamos de correr, buscábamos como fuese un lugar a la sombra. Si la memoria no me falla en la carrera de 10 kilómetros en la pista llegaron a poner hasta avituallamientos. No quedaba otro remedio”.

Estela sí recuerda que en aquel Iberoamericano le confirmaron a su amiga Amaia Andrés que iba a ir a los JJOO de Barcelona 92 que se celebraban en unas semanas. “Fue una alegría enorme y lo celebramos juntas. Amaia había corrido el 800 e hizo una muy buena marca lo que provocó que se la seleccionase, pues hasta entonces estaba en duda”.

Sin embargo, yo ya estaba clasificada. Había realizado la mínima en Oslo y supongo que ese fue uno de los motivos por los que en el Iberoamericano de Sevilla traté de no arriesgar. Los JJOO estaban tan cerca y era una oportunidad para toda la vida”, argumenta Estela Estévez, que convirtió su sueño en realidad en Barcelona 92.

Salí a hacer marca. Salí a aprovechar mi estado de forma. Me puse a tirar la segunda vuelta para que aquello se animase. No me convenía una carrera lenta. Recuerdo que me quedé a centésimas de mi marca a pesar de la humedad que hacía. Fue tremenda. Al llegar a meta, me paré y era tal la barbaridad de sudor que tenía la sensación de que me había hecho pis. No era posible que corriese tanta agua por mis piernas. Nunca he visto nada igual. El sudor se metía dentro de los calcetines. No sabías como defenderte en una situación así”, recuerda Estela Estévez treinta años después. 

“Nunca me asustó correr con tanto calor” (Miriam Alonso)

 “Ha pasado mucho tiempo y la memoria es difícil. Pero recuerdo que era un año especial con los JJOO de Barcelona 92”, explica Miriam Alonso, que regresa a aquel escenario. “Siempre sentí que los JJOO me llegaban un poco joven, aunque no lo era tanto: ya tenía 22 años. El año anterior había terminado la carrera de fisioterapia y decidí poner toda la carne en el asador en el atletismo. Me dediqué exclusivamente a entrenar. Dio sus frutos”.

Miriam recuerda “el mitin de Salamanca, que es mi tierra, donde conseguí la marca que me pedían para los JJOO una semana antes del Campeonato Iberoamericano de Sevilla. Acudí con la confianza de estar en mi mejor momento”.

Allí recuerda, como no puede ser de otra manera, “el calor infernal. En el calentamiento nos refugiábamos en la sombra, El sol era impecable. Pero también es verdad que a mí nunca me asusto correr con calor. Mi cuerpo reacciona bien”. Y en la final de los 400 vallas, que ganó la cubana Lency Montelier, Miriam salió a por todas. “Salí mordiendo por la confianza de las previas. Solo entraba en mi cabeza ganar

El resultado fue la plata “que era mía y de mi país y que me alegró mucho y también me alegró compartir final con otra española como Yolanda Dolz. Solo quedaban unas semanas para Barcelona, 92. Se obtuvieron grandes resultados. La gente llegó en muy buena forma”.